Despertares
Hay otro principio, aunque no está ubicado cronológicamente antes que todo lo demás. Pasó hace 4 años y es un principio porque a partir de ahí todo cambió y ya no hubo vuelta atrás. En el menú descolgable de la vida el ¨Deshacer¨ estaba grisecito y si hago clic no pasa nada o suena ese eructo horrible del Windows y aparece un cartelito que dice ¨la opción no está disponible¨. No está, ni estará nunca disponible. Podés hacer alt tab y jugar al buscaminas un rato y olvidarte que atrás está la otra ventanita, pero está claro que hasta el día del shut down voy a tener que vivir con ese deshacer en grisecito, con ese principio que empuja todo hacia adelante y con ese fatal error en pantalla azul y mayúsculas Courier.
Ese principio, que elijo porque hay que clavar una chinche en el mapa de una vez por todas, transcurre en un telo de Gaona, con jacuzzi porque estoy festejando 15 meses de salir con Fernando. Afuera llueve con truenos y relámpagos y es una de esas noches en las que podría despertar Frankestein. Cuando le señalo la referencia a Fernando y le digo que tiene que ver la versión con Boris Karloff el me dice que ¨a mí lo que me despierta esta tormenta es el indio¨. Fernando no era así de grasa, y la referencia al despertar aborigen vino acompañada de una guiñada de ojo de lo más Pepe Biondi.
Terminamos así en ese telo y llovía y tronaba, y de pronto - el resto se me borronea, será porque todos los puntos difusos se reunén en un sólo contorno brillante - Fernando está entre mis piernas dedicándose con fruición a eso que llaman cunnilingus. Yo estoy ahí, gimiendo tímidamente y mirando la tele. No es una porno, es TN y hay una especie de Pancho Ibañez - bigotito, pelo peinado con regla y transportador - que abre y cierra la boca y no dice nada porque yo le bajé el volumen para que Fernando no se de cuenta que me cansé de la Cicciolina y el negro de la pija elefantiásica. A veces me gusta mirar hablar a la gente sin sonido y ponerle yo misma globitos de historieta en la boca y que digan lo que yo quiero. Y la verdad es que no sé que decían los globitos del bigotudo o por qué de pronto miré a Fernando entre mis piernas, el flequillo de la frente apenas transpirado, las cejas apenas fruncidas, los ojos apenas entreabiertos y pensé Fernando, buen tipo, Fernando. Fernando, sorete blando. Y él apartó apenas la cabeza de mi entrepierna, seguramente para respirar. Y ahí lo ví: un castor, parecía un castor cavando una madriguera, o algún otro marsupial de esos que construyen pequeñas represas en arroyitos de América del Norte, o una ardillita escondiendo una nuez en un pozo, o una comadreja, uno de esos animalitos que yo quería salvar con la ingeniería textil y las Rotring, pero no pude y no quise y no quiero.
Me quedé ahí tirada en la cama gimiendo como una foca de circo amaestrada con una pelota gigante en la nariz, porque no soy tan turra y porque no puedo patear a Fernando diciéndole que cuando me chupa la concha parece un mapache. Gemí un rato largo mientras miraba las rayas de interferencia que los relámpagos dibujaban en la tele, unas cuchilladas plateadas sobre el tipo de bigotitos de TN que me hablaba a mí pero que yo no podía entender del todo, porque tenía la pelota gigante en la nariz y un mapache entre las piernas y porque en malabarismo nunca fui experta. Y después de quince millones de años se terminó el turno y sonó el timbre en la habitación y como siempre Fernando preguntó si quería quedarme otro turno más y yo le dije que no, que tenía que estudiar, que me encantaría pero tenía que estudiar.
Ese principio, que elijo porque hay que clavar una chinche en el mapa de una vez por todas, transcurre en un telo de Gaona, con jacuzzi porque estoy festejando 15 meses de salir con Fernando. Afuera llueve con truenos y relámpagos y es una de esas noches en las que podría despertar Frankestein. Cuando le señalo la referencia a Fernando y le digo que tiene que ver la versión con Boris Karloff el me dice que ¨a mí lo que me despierta esta tormenta es el indio¨. Fernando no era así de grasa, y la referencia al despertar aborigen vino acompañada de una guiñada de ojo de lo más Pepe Biondi.
Terminamos así en ese telo y llovía y tronaba, y de pronto - el resto se me borronea, será porque todos los puntos difusos se reunén en un sólo contorno brillante - Fernando está entre mis piernas dedicándose con fruición a eso que llaman cunnilingus. Yo estoy ahí, gimiendo tímidamente y mirando la tele. No es una porno, es TN y hay una especie de Pancho Ibañez - bigotito, pelo peinado con regla y transportador - que abre y cierra la boca y no dice nada porque yo le bajé el volumen para que Fernando no se de cuenta que me cansé de la Cicciolina y el negro de la pija elefantiásica. A veces me gusta mirar hablar a la gente sin sonido y ponerle yo misma globitos de historieta en la boca y que digan lo que yo quiero. Y la verdad es que no sé que decían los globitos del bigotudo o por qué de pronto miré a Fernando entre mis piernas, el flequillo de la frente apenas transpirado, las cejas apenas fruncidas, los ojos apenas entreabiertos y pensé Fernando, buen tipo, Fernando. Fernando, sorete blando. Y él apartó apenas la cabeza de mi entrepierna, seguramente para respirar. Y ahí lo ví: un castor, parecía un castor cavando una madriguera, o algún otro marsupial de esos que construyen pequeñas represas en arroyitos de América del Norte, o una ardillita escondiendo una nuez en un pozo, o una comadreja, uno de esos animalitos que yo quería salvar con la ingeniería textil y las Rotring, pero no pude y no quise y no quiero.
Me quedé ahí tirada en la cama gimiendo como una foca de circo amaestrada con una pelota gigante en la nariz, porque no soy tan turra y porque no puedo patear a Fernando diciéndole que cuando me chupa la concha parece un mapache. Gemí un rato largo mientras miraba las rayas de interferencia que los relámpagos dibujaban en la tele, unas cuchilladas plateadas sobre el tipo de bigotitos de TN que me hablaba a mí pero que yo no podía entender del todo, porque tenía la pelota gigante en la nariz y un mapache entre las piernas y porque en malabarismo nunca fui experta. Y después de quince millones de años se terminó el turno y sonó el timbre en la habitación y como siempre Fernando preguntó si quería quedarme otro turno más y yo le dije que no, que tenía que estudiar, que me encantaría pero tenía que estudiar.
